Escrito por: Carolina Jimenez (Ecuador) Ganadora del TERCER LUGAR del concurso de fanfics Latinalia 2021

La historia de Atahualpa es bien conocida, el último gran soberano vio su imperio derribado y sometido por extraños hombres venidos del mar, quienes le arrebataron su corona, su pueblo y riquezas, pero si hubo algo que nunca pudieron tocar fue su corazón, el cual luchó hasta después de su muerte honrando su nombre.

16/11/1532 – La Matanza de Cajamarca

El sonido de la artillería retumbaba en sus oídos, Rumiñahui mantenía un semblante serio a pesar de los gritos provenientes del otro lado del muro de la ciudad, sus hombres, a quienes trajo a escondidas de Atahualpa estaban armados y listos para luchar.


– ¡Tienen al Incap Rantin! – El Chasqui enviado se veía horrorizado – Hubo traición, como usted dijo, ellos… –

Un solo gesto del Auqui hizo callar al hombre, a ojos de los demás Rumiñahui planeaba en silencio el próximo movimiento de guerra, sin embargo, lo que realmente pasaba por su mente era una lucha entre su razón y sus emociones. Había previsto esto e intentó convencer a su hermano de llevar más guerreros y menos sirvientes, Atahualpa no hizo caso a sus palabras y recordando la reciente victoria contra Huáscar se sentía indestructible, en su mente se repetía una y otra vez su última conversación, lamentando no haber insistido más.

Un día antes


 Ati – Atahualpa lo llamaba de esa manera cuando estaban a solas y buscaba que lo dejara hacer su voluntad, o para persuadirlo de acostarse con él.


– Basta de eso y escucha, he luchado contra esos hombres antes, aprovecharán cualquier oportunidad para atacarnos – Rumiñahui estaba decidido a llevar más hombres a Cajamarca, pero su amante era terco – Esta reunión no es necesaria ahora, cuando te nombren Sapa-Inca reúnete con ellos, bajo nuestras reglas y nuestro territorio – 


– Ati, entiendo tu preocupación– El Inca se acercó cautelosamente a Rumiñahui, suavemente colocó sus manos en su rostro para que lo mirara – Pero no hay mejor momento que este, sus emisarios han venido en paz y son pocos comparados a nosotros – besó con suavidad las mejillas de su amante hasta llegar a sus labios – Estaremos separados un tiempo, no quiero irme con mi corazón preocupado o molesto, confía en mí –


– Siempre he confiado en ti – Rumiñahui cerró la distancia entre ellos, invadiendo la boca contraria con su lengua, mordió suavemente los labios ajenos antes de alejarse – ¿No fui el primero en jurarte lealtad en tu guerra con Huáscar? – tomando control de la situación empujó a su hermano hasta hacerlo caer contra las telas y cojines que servían de cama – ¿no he sido acaso, tu hombre más leal? – susurró suavemente en el oído de su amante, mientras colocaba una de sus manos en su pecho – ¿No he protegido bien tu corazón? –

Las manos de Rumiñahui vagaban por el cuerpo de su hermano, desató el cinturón que mantenía el Uncu en su lugar y lo bajó hasta sacarlo de su cuerpo, acarició lentamente sus muslos mientras repartía besos por el cuello de Atahualpa, ¡Qué vergüenza sería el ver a su líder tan sometido!, después de todo que el futuro Sapa Inca sea sodomizado por uno sus hermanos bastardos sería escandaloso y humillante. Este hecho, sin embargo, no hacía más que aumentar el deseo que se tenían, los gemidos y jadeos eran prueba viva de cuánto disfrutaban tocarse.


– Deja de jugar, aahh, aahh, ahhh, no me trates como a una mujer, hazlo más fuerte, aahh – Atahualpa sentía en carne viva su interior siendo invadido y ultrajado por la hombría de amante, en ese momento no importaba cuántas mujeres u hombres tuviera a su disposición, la única persona que conseguía que jadeara, gimiera y se perdiera totalmente en el placer era el fuerte cuerpo de su hermano.


– Lo que ordene, su majestad – movió sus caderas con fuerza, disfrutando el dolor de las uñas que se enterraban en su espalda, el cuerpo bajo él se estremeció y cuando sintió aquel ardor en la parte baja de su estómago besó desesperadamente a su amante hasta que el éxtasis los dejó sin fuerzas.

Permanecieron unidos acariciándose y recitándose palabras de amor, pero la felicidad no era eterna, Rumiñahui tenía que marchar rumbo a Quito de inmediato para consolidar el poder del nuevo gobernante, avisar de la derrota de Huáscar y la reunión con los españoles.


– Ati – Atahualpa repetía ese nombre una y otra vez – Si algo llega a pasar, toma mi lugar –


– Nada pasará – A pesar de sus dudas, el simple hecho de pensar en que algo le pasara a Atahualpa hacía que su corazón se oprimiera – Y si algo llegara a pasar, lo quemaré todo, si no gobiernas tú, nadie lo hará – 

Ahora, Rumiñahui no podía hacer más que culparse por permitir que su voluntad flaqueara y dejar que las palabras y caricias de Atahualpa lo convencieran, el llevar a escondidas a sus hombres no hacía ninguna diferencia, no estaban preparados para esa batalla, ir significaría la muerte.


– Nos retiramos, volvemos a Quito – dio la orden a pensar del dolor que le provocaba abandonar a su amor, pero podía asegurar que no lo lastimarían, era más valioso para ellos vivo que muerto, además, como el corazón del Inca, debía mantenerse latiendo por su pueblo. 

1534 – Quito/Ecuador

– Quemen la ciudad – La orden fue clara, Rumiñahui estaba cansado y si su corazón seguía latiendo, era únicamente en honor a la promesa a Atahualpa, quien fue ejecutado sin compasión por aquellos hombres.

Ahora cumpliría su palabra para al menos tener la satisfacción de no dejarles nada que gobernar más que cenizas. También se llevaría consigo todo el oro que reunió para rescatar a Atahualpa, se aseguraría que nadie pusiera sus manos sobre ese tesoro.

Según cuenta la leyenda, el hombre se llenó las manos de la sangre de quienes lo ayudaron a esconder ese tesoro, quemó a las vírgenes del sol y dio fin a la vida de todos los familiares de Atahualpa que se encontraban en Quito. 


– Amor, ¿He protegido bien tu corazón? –